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“AMAR ES DEJAR QUE EL OTRO APAREZCA EN SU LEGITIMIDAD”

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HUMBERTO MATURANA Y XIMENA DÁVILA

El destacado biólogo y la epistemóloga plantean que una convivencia sana debe basarse en la conciencia de si lo que vivimos nos gusta o no, “y si decido quedarme en el dolor o salir de él, tengo que hacerme cargo de las consecuencias”.

Estaba exhausta, así que fui a darme un masaje. Ya en la camilla y al poco andar noto algo. Me doy vuelta y la masajista estaba a una mano en mi espalda y la otra en el whatsapp. Me levanté y le dije ‘no lo tomes a mal, por favor, no te voy a acusar, pero no puede ser que estés a medias conmigo. Con nadie. Mira, yo trabajo apaciguando el dolor del alma de la gente. Tú haces lo mismo, pero con sus cuerpos. ¿Te das cuenta lo importante que es tu labor?’. La niña me mira y, para mi estupor, se echa a llorar. Me cuenta que nadie se había dado el tiempo de mostrarle el valor de su trabajo”.

La que cuenta esta historia es Ximena Dávila, la compañera de labores de una vida de Humberto Maturana (Ph.D), Premio Nacional de Ciencias y creador de la Teoría del Conocimiento.

Él la mira, habla poco y de vez en cuando interviene para complementar lo que ella dice, en una suerte de coreografía perfecta que, se nota, han construido durante largo tiempo.

Resulta curioso que Dávila –epistemóloga y orientadora en relaciones familiares y organizacionales– explique que “las personas quieren hacer las cosas bien cuando se sienten vistas, escuchadas y tienen presencia”, siendo que lleva 16 años a la sombra del Doctor. Cada vez que los medios llaman a Matríztica –el instituto que fundaron juntos– para una entrevista, piden sutilmente que la dé solo Maturana.

Pero sin Dávila, Maturana queda cojo. Es más, ese Maturana que muchos han entrevistado en solitario dejó de existir hace casi dos décadas. “La frase ‘detrás de todo gran hombre hay una gran mujer’ se ha usado mucho para destacarnos, pero en el fondo nos denigra”, cuenta Dávila. “Me duele el tema, aunque prefiero quedarme con la historia de Camille Claudel. Esculpía con tanto talento. Estuvo oculta y murió sin saber la presencia que tendría en 2015 en la obra de su mentor. Eso sí, si la googleas, aparece como la amante y discípula de Rodin”.

–¿Y usted, Doctor, por qué se prestó para dar las entrevistas en solitario?

Humberto Maturana: –Porque en un inicio no era tema, no veíamos postergación. Yo estaba acostumbrado a hacer lo mío en solo. Me dedicaba a “explicar” el fenómeno del conocer. Pero juntos, con nuestros colaboradores también, nos hemos ido transformando.

Ximena Dávila: –Ahora, también ha habido un fanatismo increíble en torno al doc. No son pocos los alumnos que se fanatizan con Maturana y lo elevan a gurú de turno, pero eso es no entender que la Matríztica se vive, no se aplica. Y eso toma años.

Ximena escuchó hablar de este biólogo cuando uno de sus profesores se refirió a él como un científico medio loco que planteaba que la realidad no existía y que la ciencia debía enfocarse en el observador. “Se expresaba con lenguaje críptico”, recuerda. Maturana se defiende: “Era una mirada nueva, por lo tanto, se requería un modo de hablar ad hoc y una nueva psiquis”. La entonces orientadora se le acercó para hacerle una pregunta sobre el dolor humano. “Quería generar mayor bienestar a los trabajadores en su espacio laboral”, dice.

Pronto desarrollaron una visión biológico-cultural que explica muchas cosas sobre el sentido humano, la pareja, las relaciones y cómo se quiere convivir. Desde entonces se dedican, a través de su instituto, a enseñar que no existe la Verdad, sino observadores que viven la coherencia de su experiencia (su propia “realidad”, única para cada uno). Y que es posible generar condiciones para que las personas se encuentren en una “autonomía reflexiva y de acción” (dueñas de sus pensamientos y actos).

–Después de tantos años, siguen hablando en difícil…

Dávila: –Te lo pongo en “fácil”. Amar es dejar que el otro aparezca en su legitimidad. Cuando aparece, puedo decir si el mundo que trae de la mano me gusta. Si sí, seguimos juntos. Si no, nos separamos. Por eso el acto de reflexión es tan potente. Uno anda con su “caparazón” para todo lados y se duerme ahí. Pero de repente el dolor o la curiosidad me hacen preguntarme: “¿Me gusta lo que estoy viviendo, como pareja, hija, profesional?”.

Maturana: –La conciencia es darse cuenta de si esto que vivo me gusta o no, y si decido quedarme en el dolor o salir de él, tengo que hacerme cargo de las consecuencias. Porque, ¿y si dejo un trabajo y tengo que pagar un arriendo?

–¿Y si descubro que no me gusta mi marido o mi familia, por ejemplo? ¿Es válido salirse?

–Por supuesto. Porque la familia la entendemos como un grupo de personas que vive en el placer de estar juntas. Si no hay placer en la convivencia, no hay familia. Se trata de un grupo de individuos que vive en el respeto, en la colaboración, en la equidad, en el conversar.

Dávila: –Nos pasa que llega un marido a nuestros cursos y cuando vuelve a la casa la señora le pregunta: “¿Qué te pasó, que llegaste tan raro?”. Porque ahora la saluda, la ve, la escucha. En Brasil decían en broma que muchas parejas alumnas terminaban separadas, pero eso no tiene que ver con el curso sino con la persona y lo que le pasa en el espacio de reflexión que se abre.

–Es fuerte lo que plantean. Terminar una relación si no me gusta…

Maturana: –Solo se puede tener autonomía reflexiva y de acción en la medida en que se entiende lo que se hace y uno se da cuenta de que elige el mundo que vive. No existe “una verdad válida”. Por lo tanto, si cada uno tiene su sentido propio de la vida, si queremos convivir, tenemos que conversar para armonizar nuestras diferencias en un proyecto común.

–Suena un poco utópico eso. ¿Cómo ponemos a todos a conversar, por ejemplo, el país que queremos, ante la desconfianza que existe hoy?

Dávila: –Cuando se rompe la confianza, se borra la historia. Y no se restablece con un librito. La confianza es una sensorialidad íntima que yo puedo depositar en el otro respecto de que no me va a traicionar. Eso requiere procesos. El problema que tenemos es que se perdieron las confianzas de todos lados.

Maturana: –Pero hay un camino de salida. Con acuerdos. Por ejemplo, cuando hablamos de una nueva Constitución, en el fondo queremos un orden apolítico que nos permita hacer ciertas cosas, pero exige un ordenamiento jurídico y para eso debemos ponernos de acuerdo, escucharnos y llegar a un entendimiento de cómo queremos vivir. En derechos humanos, podemos decidir quedarnos atrapados en la justicia que es venganza y mantenemos presentes a aquellos que queremos abandonar. O terminar el tema en serio, buscando a los culpables y señalando el momento de decir “desde ahora, nunca más”.

 “YA NO NOS ESCUCHAMOS”

–¿La gente quiere conversar realmente? Porque se ve mucha rabia…

Dávila: –Sí. Quiere preguntar, ser escuchada.

Maturana: –Pero existe rabia. Hemos llegado a una situación crítica en que ya no nos escuchamos. ¿Queremos vivir juntos para hacer este país o no? El proyecto democrático es aquel en que se convive en la honestidad, en la colaboración. Pongámonos de acuerdo en cómo resolver la inequidad, cómo vamos a ser más éticos. La confianza se recupera en el respeto a que las calles estén en buen estado, que el Transantiago funcione, que la autoridad no intente usar a nadie para fines propios.

–¿Por qué terminamos en esta crisis de confianza? ¿Cuándo se perdió el norte?

Maturana: –Lo que se perdió es el sentido, porque en algún momento este pasó a ser el tener más, el éxito… Hay tantos sentidos como épocas vivimos. El de ahora se deterioró junto con las ideologías. Hoy estamos obligados a buscar un sentido propio. O sea, el sentido de nuestras vidas no depende de otros, sino de lo que yo quiero vivir.

Dávila: –Hoy son muchos los jóvenes que juntan plata y se van a los Pirineos a buscar un sentido a su vida. No están “ni ahí” con ponerse a trabajar igual que los papás, para después no tener tiempo con los hijos. Y los papás se aterran con que vivan metidos en Internet sin entender que la tecnología llegó para quedarse. Por lo mismo, sería bueno que aprendieran con los hijos y, a la vez, les dieran un libro, como se leía antes.

http://cosas.com/humberto-maturana-y-ximena-davila-amar-es-dejar-que-el-otro-aparezca-en-su-legitimidad/

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