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«Health Coaching» Un método para cambiar tu alimentación y mejorar tu vida

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El diagnóstico de celiaquía hizo que Gabriela Cosentino investigara hasta encontrar su propia dieta sanadora. Hoy, es una de las pioneras del Health coaching en Sudamérica, una tendencia que se impone en el ámbito de la salud.

Basado en la consigna de Hipócrates (“Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”), el estadounidense Joshua Rosenthal creó el Institute for Integrative Nutrition (INN) en Nueva York.
Con un Máster en Ciencias de la Educación, este pionero en investigar la salud y el bienestar con una visión holística, comprobó personalmente que, alterando apenas su dieta, podía obtener grandes cambios en su vida.
Así fue como nació el Health Coaching, un asesoramiento en salud y nutrición sustentado en la idea de la “bioindividualidad”: cada persona es diferente, por lo que requiere una atención especial según sus preferencias, objetivos, forma del cuerpo, tamaño, estilos de vida, personalidad, metabolismo, etcétera.
“No sirve de nada comer frutas, verduras y semillas si no hacemos ejercicio o no estamos conformes con nuestra vida personal y profesional”, repiten los expertos en Health Coaching.
Desde esta concepción, se considera que hay dos “comidas”. La primera se conforma de relaciones personales positivas –amigos, familia, afectos–, una carrera u ocupación satisfactoria, actividad física practicada de manera habitual y una vida espiritual plena. La segunda, contrario a lo que se puede suponer, es lo que ingerimos.
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“Yo llegué a esta teoría por una excompañera del colegio que vive en los Estados Unidos y es Health Coach. Lo que más me atrajo fue esta idea de que somos personas integrales: nuestro cuerpo es un conjunto y no hay manera de que funcione en equilibrio si se lo ‘atiende’ por partes separadas. ¿A qué me refiero? No solo a ocuparnos de cada órgano por separado, sino también del estado físico y del emocional”, afirma Gabriela (que también es autora del libro Health coach «Elegí Bien-Estar») quién a continuación nos cuenta un poco más sobre su experiencia:
–Además, está la cuestión de la bioindividualidad.
–Exacto. Qué es sano y qué no dependen del cuerpo de cada uno, de lo que necesita cada uno y de cómo vive cada uno. Tal vez lo que me hace o me cae bien a mí, a otro no. Esa es la clave: por eso no hay que casarse con una teoría dietaria. La única manera de lograr un cambio de vida es buscándonos, conociéndonos, conectándonos con nosotros mismos.
– ¿Cómo es llevar una alimentación distinta?
–No es fácil en ningún caso, pero es decisión y costumbre. Igual, no es lo mismo cuando uno está enfermo y sabe que si no cambia va a explotar. Es interesante entender que la comida es un vínculo, un estilo y una decisión de vida. La única manera de dejar de sufrir haciendo dietas es aprender a alimentarse y nutrirse.
– ¿Cuánto tardaron en aparecer los cambios concretos?
–Se empiezan a sentir muy rápido. Alimentarse bien implica una transformación inmediata y concreta, física y emocional. Es como hacer un clic. Y cuando lo hacés, es un camino de ida. En mi caso, me siento con mucha más energía, de mejor humor, con un cuerpo más liviano, con menos grasa y más músculos. Por supuesto que eso es también porque entreno, pero cuando uno come bien tiene más facilidad para desarrollar músculos.
–Haber corrido tu primera maratón a los 47 años fue como una prueba…
–Sobre todo, fue una prueba de superación personal. Pero también fue confirmar que estoy sana. Realmente, nunca creí que iba a correr una. Para lograr esa meta, influyó la alimentación y que hace dos años me mudé al Uruguay, empecé a tener más tiempo y a entrenar en serio, porque antes era algo más terapéutico. Pero no me lo había propuesto hasta ahora… Y lo hice.
Informarse para comprender
A pesar de que cada vez hay más diagnóstico de la enfermedad celíaca, aún es mirada con extrañeza y no hay suficiente oferta de productos. “Al principio pensé: no como medialunas, pan ni pasta y listo. Pero es mucho más: el gluten está presente en todo, hasta en los saquitos de té, porque los sellan con un pegamento que tiene gluten. Lo mismo con la salsa de soja, los jugos en polvo, los quesos, las cremas para la piel, el champú, la pasta de dientes. Por más mínima que sea la cantidad, hace mal igual –explica Gabriela. Y deja entrever otra intimidad con relación a su condición–: A mi familia le costó entenderlo. Al principio creían que era una exagerada.
Mi marido me ponía terribles caras cuando íbamos a un restaurante y yo preguntaba los ingredientes de los platos y cómo los preparaban. Pero es como todo: «cuando uno tiene o brinda información, comprender es más fácil”.

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