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¿Sabemos conversar? Entrevista a Rafael Echeverría

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Compartimos con ustedes esta gran entrevista realizada al Dr. Rafael Echeverría, Sociólogo de la Universidad Católica de Chile, Doctor en Filosofía de la Universidad de Londres y Doctor Honoris Causa de la Universidad Siglo 21, de Argentina. El Dr. Echeverría es autor de numerosas publicaciones, incluyendo su libro más difundido, Ontología del Lenguaje, (Dolmen, 1994) y La Empresa Emergente (Granica, 2000)

¿Sabemos conversar? ¿Cuáles son nuestras principales deficiencias?

A un determinado nivel, todos sabemos conversar. Todos lo hacemos. Es como el caminar o el respirar. A otro nivel, sin embargo, debemos reconocer que lo hacemos con grandes deficiencias. Estás últimas tienen un profundo impacto en nuestra existencia y no siempre estamos consciente de ello. La manera como conversamos, tanto con los demás y como con nosotros mismos, define de una manera determinante la forma como somos, la identidad que tenemos en nuestra comunidad, el tipo de vida que nos generamos y nuestra efectividad en el trabajo. Toda relación social, sea con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros colegas y equipos de trabajo, está determinada por la manera como conversamos. Gran parte de los problemas o de las oportunidades que generamos, de las satisfacciones y sufrimientos que nos invaden, son el resultado de la manera como conversamos.
Vamos al ámbito del trabajo y tomemos el ejemplo de un directivo. ¿Qué hace un directivo? Algunos dirán que organiza, planifica, coordina, evalúa, conduce, motiva, etc. Sin duda. Hace todo eso y quizás mucho más. Pero eso y todo lo demás lo hace conversando: hablando y escuchando. Si uno lo observara durante el día, comprobaría que está todo el día conversando. Está en reuniones, en entrevistas, en el teléfono, escribiendo un memorandum, reflexionando sobre un determinado proyecto. Y cada una de esas actividades son actividades conversacionales. Pues bien, el nivel de efectividad que exhiban sus acciones dependerá de la manera como conduce esas conversaciones y de las competencias conversacionales que posea. Los directivos y gerentes – y no sólo ellos – son agentes conversacionales, realizan su trabajo conversando.
¿Cuáles son algunas de sus deficiencias? Podríamos mencionar muchas. Una muy evidente es que no sabemos escuchar de manera efectiva. Y pagamos un alto precio por ello, precio que muchas veces se traduce en demoras, en re-trabajo, en gastos innecesarios, en relaciones personales deficientes, en desmotivación, etc.
Tampoco sabemos pedir. Ello se traduce en que muchas veces, cuando es necesario pedir, no lo hacemos, o cuando lo hacemos, lo hacemos de una manera tal que compromete los resultados que obtenemos. Insisto, muchos de los problemas que enfrentamos, en la vida y en trabajo, remiten a nuestras incompetencias conversacionales.
Otra deficiencia guarda relación con el hecho de no siempre sabemos discernir cual es el tipo de conversación que es conveniente u oportuno tener. Ello implica que no siempre tenemos las conversaciones que son necesarias. Tenemos otras conversaciones, conversaciones que muchas veces resultan altamente inefectivas, precisamente porque, para que la primera fuera efectiva, resultaba necesario tener una conversación anterior, conversación que no tuvimos. Los ejemplos pueden multiplicarse al infinito.

¿Podemos mejorar nuestras incompetencias conversacionales?

Sin duda. Pero para ello es importante reconocer que muchos de nuestros problemas remiten precisamente a nuestras incompetencias conversacionales. Una vez que lo reconocemos, el ámbito de las competencias conversacionales se abre como dominio de aprendizaje. No hay ningún problema especial para aprenderlas. El principal problema reside en aceptar que éste es un dominio de aprendizaje como cualquier otro y un dominio en el que arrastramos severas incompetencias.

¿Y el escuchar? ¿Practicamos realmente la escucha activa?

El escuchar es siempre activo. No es nunca es un fenómeno pasivo. Independientemente de cuán competentes seamos para escuchar, cuando lo hacemos, hacemos mucho más que simplemente recibir, pasivamente, lo que el otro dice. El escuchar implica dar sentido al decir del otro, interpretar lo que está hablando. Y allí reside precisamente el gran problema con el escuchar. El sentido que le conferimos a lo que el otro dice, suele ser diferente del sentido que, quien habla, le está confiriendo a su hablar. Es más, esos sentidos nunca son exactamente iguales. Siempre existe una brecha entre el sentido de quién habla y el sentido de quién escucha.
Ello, simplemente, porque somos personas diferentes, con diferentes experiencias, diferentes historias, incluso cuando hacemos uso de las mismas palabras. Siempre conferimos sentido a partir de nuestras experiencias previas.
Para escuchar de manera efectiva es necesario aprender a reducir esa brecha. No puede ser eliminada del todo, pero podemos reducirla. Ello implica aprender a usar algunas herramientas conversacionales concretas.
Lo que se conoce como “la escucha activa” es una metodología completamente rudimentaria e insuficiente que no profundiza adecuadamente en el fenómeno del escuchar.

Fragmento del Artículo de la Revista T.V. Lankide, de Mondragón Corporación Cooperativa (MCC), País Vasco.

Fuente: http://runaterren.com/lecturas/entrevista-al-dr-rafael-echeverria/

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