Lenguaje: aquello que nos hace humanos

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Los seres humanos somos seres lingüísticos. Nuestras experiencias se realizan desde el lenguaje, y es a través de él que damos sentido a nuestra existencia. 

¿Seres racionales o lingüísticos?

Históricamente, gracias al programa metafísico, vivimos inmersos en la idea que el hombre es antes que nada, un ser racional. La razón es lo que nos define, afirmábamos pero, ¿cómo razonamos sin el uso del lenguaje?. Es a partir de las teorías de Nietzsche y de Heidegger por un lado, y de  Ludwig Wittgenstein, con su llamado “giro lingüístico”, que el lenguaje pasó a ocupar un lugar central.

Siglos atrás se consideraba que el lenguaje era sólo un instrumento para describir lo que percibíamos o expresar pensamientos y sentimientos. La concepción tradicional suponía que la realidad antecedía al lenguaje y que éste se limitaba a describirla.

El Lenguaje nos compromete

Cada día interactuamos con otros, expresamos ideas, sentimientos y deseos. Preguntamos, sugerimos, saludamos, invitamos, elogiamos, bromeamos, nos justificamos, nos disculpamos, recomendamos, censuramos, ofrecemos, aceptamos, ordenamos, aconsejamos, advertimos, pedimos, suplicamos, exigimos, conjeturamos, autorizamos, juzgamos. Además, con esos actos del habla, eventualmente buscamos lograr ciertos efectos en nuestros oyentes, tales como convencerlos, persuadirlos, sorprenderlos, inspirarlos, instruirlos, etc.

Cada vez que hablamos nos comprometemos de alguna forma con nuestro interlocutor, con nosotros mismos y, en definitiva -conscientes o no de ello-, con la comunidad en la cual hablamos.

Así, nuestro hablar  -o nuestro callar- produce modificaciones en el ámbito en el que nos desenvolvemos.  Establecemos relaciones, nuestra identidad social es un fenómeno lingüístico. Seremos un “buen tipo”, “un profesional confiable”, “una buena madre” gracias a nuestras acciones englobadas en el lenguaje.

El lenguaje es acción

Asistimos a un casamiento y escuchamos decir al juez, “los declaro marido y mujer” y los que hasta hace cinco minutos eran novios, a partir de la declaración del juez, pasan a ser esposos con nuevas responsabilidades sociales y hasta legales.

Messi patea la pelota al arco, el equipo rival reclama posición adelantada. Todos los ojos puestos en el árbitro, el único que tiene la autoridad en el partido para declarar si fue o no gol. Levanta la mano, toca el silbato, ¡gol!. La declaraciones generan nuevas realidades. Hay una realidad antes y otra después de la palabra.

Cuando decimos “te prometo”, “te prohíbo” no estamos describiendo una promesa o una prohibición, estamos haciéndola. ¿Cómo son mis relaciones cuando digo “te amo”?, ¿y cuándo no lo digo?

La filosofía del lenguaje sostiene que éste no sólo nos permite hablar sobre las cosas, sino que además crea realidades, hace que sucedan cosas. 

Desde luego, hay dominios existenciales no lingüísticos, pero sólo desde el lenguaje nos es posible darles un sentido y reconocer su importancia. Es innegable que el mar seguirá siendo mar aún si no lo nombramos. Pero es sólo desde el lenguaje como adquiere un sentido para cada uno de nosotros y para cada cultura, siendo lingüística la forma en que esa realidad existe. No podemos imaginarnos aquello de lo que no podemos hablar.

Innovación y lenguaje

Como resultado de las innovaciones tecnológicas, se están transformando nuestras categorías mentales, la manera en que pensamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Estamos enfrentando una transformación en la forma de comunicarnos. La profusión de medios de comunicación, las configuraciones de multimedia y el avance de la informática han ido produciendo una transformación de revolucionarias dimensiones en las relaciones económicas, políticas y sociales, en la organización de la vida, en las formas de convivencia, en nuestros modos de pensar y comunicarnos, que da lugar a nuevas concepciones y nuevas teorías en todos los campos del saber humano. Por eso, el lenguaje electrónico ha cambiado la forma en la que convivimos.

La búsqueda actual de los lingüistas y filósofos radica en la construcción de paradigmas sobre la significación y la interpretación, que den cuenta de la inmensa complejidad de lo real. Es importante que empecemos a reconocer que los seres humanos somos eminentemente sujetos discursivos, que actualizamos discursos sociales en una acción comunicativa significativa. Lo que antes era “normal” hoy cambió de categoría. Lo mismo pasa con lo que socialmente consideramos útil, saludable, negociable, etc.

Se torna ineludible dar cuenta del poder mediador de la palabra en el proceso de construcción de sentido del mundo natural, social y cultural.

Nuevas realidades exigen respuestas diferentes. En la era del conocimiento, de la incesante innovación, necesitamos nuevos paradigmas para sentar las bases de una democracia duradera, para aprender a convivir en la cultura de la complejidad y la diversidad. Sin embargo, todavía no pareciera comprenderse la extrema gravedad que implica el creciente deterioro en el uso del lenguaje, oral o escrito, y la necesidad de su preservación y enriquecimiento, en la vida y en los medios. El deterioro deterioro del lenguaje afecta en el mismo grado al pensamiento y a la comunicación.

 

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